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TU APOYO PREVIENE Y SALVA VIDAS

En España el Suicidio es la primera causa de muerte no natural.
Piensa cuantos casos tienes a tu alrededor, habla de ello con tu gente de confianza y te sorprenderás.
¿Y si te pasa a ti?
¿Y si es a un ser a querido tuyo a quien le ocurre?
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martes, 3 de abril de 2018

http://mediateca.asambleamadrid.es/library/items/sesion-comision-sanidad-2018-04-03?part=c3a76a3a-436f-4e78-b6da-eeffdbb4237e

 


COMPARECENCIA DE JOSÉ CARLOS SOTO ANTE LA COMISIÓN PERMANENTE DE SANIDAD DE LA ASAMBLEA DE MADRID
3 de abril de 2018

Estimados señores, muy buenas tardes y muchas gracias por permitirme dirigirles unas palabras.
Les aseguro que para mí son, efectivamente, muy buenas tardes, porque siento que, después de tanta lucha, el hecho de que pueda estar aquí hablando sobre suicidio esta tarde con ustedes, viene a significar que por fin este tema tiene la atención de aquellos que deben velar por nuestra salud y se lo agradezco de veras.
Especialmente quiero dar las gracias a Alberto Reyero que me cursó la invitación a comparecer ante esta comisión. Espero que mi presencia aquí sirva para arrojar algo de luz sobre uno de los más importantes problemas de salud pública al que nos enfrentamos y, sin embargo, el más oculto.
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Mi nombre es José Carlos Soto. Hace tres años y dos meses mi hija Ariadna, de 18 años, se suicidó. Desde aquel 24 de enero de 2015, tanto mi mujer Olga como yo, pasamos a ser supervivientes de la persona más importante de nuestras vidas, nuestra hija. 
Es imposible que yo pueda explicar hoy en diez minutos el impacto brutal, el desgarro terrible que sentimos y al que día a día seguimos enfrentándonos mi mujer y yo. No voy a intentarlo. Pero sí les explicaré por qué estando hoy aquí creo que le hago el mejor homenaje posible a mi hija.
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La única medicina que te ayuda a seguir viviendo después de haber sufrido un golpe tan devastador es el amor. Y amor, cuidado, comprensión e información es lo que recibimos desinteresadamente cuando contactamos con la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS), organización que nos ayudó a transitar este camino dificilísimo del duelo por suicidio, que nos puso en el intento de volver a vivir después de la pérdida de nuestra hija. Hoy tengo el honor de representar a esta asociación ante ustedes.
En nuestro caso fue fundamental contar con el apoyo de los psicólogos especializados que trabajan desde la asociación para ayudarnos a seguir adelante, que rápidamente se dieron cuenta de que era necesario integrar dentro de la estructura de la asociación a los supervivientes, aquellos que hemos perdido un familiar por suicidio. Primero porque era necesario encontrar un foro donde compartir nuestro dolor y nuestra lucha, donde sentirnos escuchados en una sociedad sorda a nuestro grito. Y segundo, porque sin duda somos más fuertes si podemos pelear cada día para que otros no sufran lo mismo que nosotros hemos sufrido. Esta lucha da sentido a mi vida y ocupa todo mi tiempo desde entonces.
Cada vez somos más los familiares que encontramos en esas reuniones de supervivientes un espacio donde poder abrir las compuertas de nuestro dolor y pronunciar, por primera vez en muchos casos, la frase “mi hijo, mi hermano, mi padre se ha suicidado”.

Y muchos descubrimos, como yo mismo hice gracias a AIPIS la dimensión brutal del problema del suicidio en nuestra sociedad.
Estamos hablando de la primera causa de muerte no natural en España. La primera. El número de víctimas por suicidio duplica al número de víctimas por accidentes de tráfico en nuestras carreteras, de esas de las que tristemente hablamos, por ejemplo, al cerrar estos días las operaciones de regreso de la Semana Santa.
Casi cuatro mil personas cada año acaban con su vida. Casi 11 personas en el día de hoy, 250 intentos al menos en este solo día.
Cifras que además son solo la punta del iceberg porque si algo sabemos es que muestran apenas un porcentaje pequeño de las víctimas reales. ¿Cuántos ancianos aparecen muertos en sus casas agarrados de las manos? ¿Cuántos accidentes mortales de tráfico son provocados por personas que querían acabar con sus vidas?¿Cuántas sobredosis no son sino suicidios que no engrosan las estadísticas?
Sabemos que por cada suicidio hay al menos veinte tentativas sin éxito. Más de 71.000 personas intentan suicidarse cada año en nuestro país. ¿Pueden imaginarse otro problema de esta envergadura sobre el que no estemos actuando?
Las cifras de suicidio entre menores y adolescentes son abrumadoras y crecen cada año. Una de cada cuatro personas que se suicida es menor de 25 años. Jóvenes que piensan que nadie va a entenderles o escucharles, que se sienten solitarios en su dolor, porque esta sociedad no les ha dicho que otros, como ellos, han pasado por ese mismo trance y han salido adelante.
En definitiva, hay una avalancha de información que existe, que está disponible, pero de la que no oímos hablar en los telediarios, como si nuestros muertos, como si aquellos que ahora mismo están pensando en acabar con sus vidas no tuvieran derecho a que escucháramos su llanto.  
En definitiva mucho, muchísimo dolor silenciado. Hablamos de una sangría social de tal envergadura que debería ser considerado un problema de salud pública de primer nivel del que deben ocuparse con urgencia.
Y sin embargo las víctimas y los que sobrevivimos a su pérdida vivimos cubiertos por un manto de tabú, de silencio, que nos estigmatiza doblemente.  
Con los profesionales hemos aprendido que muchas de estas casi cuatro mil muertes al año en nuestro país por suicidio pueden ser evitadas. Detectar señales de alerta que permiten avisarnos de si una persona está pasando por una situación de ideación suicida o de elevada angustia o depresión es el primer camino para trabajar en la prevención del suicidio. Muchos hemos lamentado no haber sabido reconocer estas señales antes. Quizá hubiésemos actuado de otra manera.
Es por eso que para la asociación RedAIPIS-FAeDS, el trabajo en prevención del suicidio es nuestra piedra angular. Somos la única asociación que da cobertura tanto a los profesionales como a los supervivientes. Nuestra asociación atiende al mes infinidad de llamadas y mensajes de personas con ideación suicida, que encuentran en nosotros atención profesional y comprometida. Cada vez recibimos más mensajes de familiares pidiendo ayuda porque no saben cómo actuar, a quién dirigirse… Les aseguro que intentamos dar respuesta a esta incesante demanda, pero yo les pregunto ¿es lógico que nuestra sociedad nos obligue a las víctimas a sobreponernos en solitario a nuestro dolor y abordar esta tarea urgente e inabarcable solos? ¿Saben lo que es pensar que si no llegamos a todos los que nos solicitan ayuda con la máxima rapidez, estaremos desatendiendo a una persona que quizás intente quitarse la vida? ¿Es posible que nuestra sociedad, que nuestras instituciones no nos apoyen en esta lucha? Creo que estarán de acuerdo conmigo en que la respuesta es NO.
Otra de las labores indispensables que realizamos es la formación de los profesionales. ¿Saben que muchos psicólogos nos confiesan que a lo largo de toda su carrera nadie les ha ofrecido información sobre cómo intervenir con pacientes que hayan manifestado ideación suicida? Estamos hablando de la primera causa de muerte no natural en nuestro país y existe un déficit de formación alarmante entre los profesionales de la salud mental sobre este asunto. ¿Sería lógico que nuestros médicos no supieran cómo actuar ante una crisis coronaria? Orientar a los psicólogos sobre cómo actuar ante un paciente con ideación suicida o suicidio no consumado parece de una lógica aplastante.
Pues bien, hemos elaborado protocolos de actuación a ese respecto, del mismo modo que estamos ofreciendo formación a docentes, padres y comunidad educativa en su conjunto y he de decirles que muchos institutos y colegios están abriendo sus puertas para tratar la prevención del suicidio entre niños y adolescentes. En algunas charlas hemos tenido la satisfacción de saber que se ha podido detectar de manera precoz casos de chavales con ideación suicida. No saben lo bien que duerme uno sabiendo que quizá ha contribuido a salvar una vida.
Estos y otros trabajos se han plasmado en varias guías de prevención del suicidio que hemos elaborado en colaboración con la Comunidad de Madrid y que tienen a su disposición en nuestra página web.
Porque la información es fundamental para romper con el tabú del suicidio y contribuir con ello a su prevención. El falso mito de la viralización de la conducta suicida, el conocido “efecto llamada”, actualmente desmontado por los especialistas, es otra de las barreras que sin duda debemos romper para ser eficaces en esta batalla.

Llegados a este punto creo que pueden hacerse buena idea de las múltiples y urgentes necesidades que he venido hoy a transmitirles.
-         Necesitamos formación para los médicos de atención primaria.
-         Más psicólogos clínicos incorporados en los centros de Atención Primaria con información y formación específica sobre este asunto.
-         Más profesionales en ideación suicida en atención hospitalaria y seguimientos periódicos.
-         Formación a profesionales de la educación sobre ideación suicida (a padres, docentes, orientadores, alumnado…)
Las organizaciones que venimos trabajando en la atención a las víctimas y supervivientes necesitamos contar con su apoyo. Necesitamos que nos ayuden a seguir trabajando.  
Necesitamos urgentemente que se aborde de manera eficaz este problema. Y creemos firmemente que solo se podrán coordinar y planificar todas las actividades, sólo seremos realmente efectivos, si contemplamos el problema en su conjunto, nos responsabilizamos y contamos con la necesaria Ley de Prevención del suicidio y atención a las víctimas.
Hoy he querido traerles aquí el testimonio de nuestro dolor pero también el de nuestra lucha. No vamos a rendirnos. El nuestro es un mensaje de vida. Nos sostiene la fuerza de los que siempre están con nosotros. Ahora, por favor, les pido que como responsables de nuestro bienestar nos escuchen y nos apoyen. Les aseguro que salvar una vida bien vale su apoyo.

En RedAipis-FAeDS nos ponemos a su disposición. Ponemos nuestra experiencia a su disposición para resolver cualquier cuestión en la que podamos ser de ayuda y, si lo consideran oportuno, estaremos encantados en cooperar en la elaboración de esa necesaria Ley de Prevención del Suicidio que ya no puede esperar más.
Quedo a su disposición para las cuestiones que quieran formularme. Muchas gracias por su atención.

martes, 20 de febrero de 2018

Suicidio, ¿una muerte voluntaria?

Profesora titular de Sociología. Cofundadora de AIDATU (Asociación Vasca de Suicidología) y de BIZIRAUN (Asociación de personas afectadas por el suicidio de un ser querido)
  • Cathedra
16/02/2018
Cristina Blanco
Cristina Blanco. Foto: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.
Quienes han pasado por el doloroso trance de vivir el suicidio de un ser querido, y siempre que éste no haya quedado oculto o silenciado, seguramente han escuchado palabras bienintencionadas tratando de ofrecer un consuelo imposible. Palabras como “ya no sufre”, “está en paz”, “no fue tu culpa”, “fue su decisión y debemos respetarla”… Todas estas frases resuenan en la cabeza con ecos infinitos, superponiéndose unas a otras en una danza incesante que arrebata cualquier atisbo de paz… Pero es la última la que reclama especialmente mi atención, y en la que quiero centrarme en el marco de este artículo: la supuesta voluntariedad del suicidio; la idea de que el suicidio es, en todos los casos, el fruto de una decisión libre y meditada. Porque de ella deriva buena parte del estigma que rodea al fenómeno del suicidio, contribuyendo a su ocultación y silenciamiento; y porque de ella derivan también muchos mitos y prejuicios que, en última instancia, obstaculizan, paralizan y entorpecen la posibilidad de su prevención y evitabilidad.
El suicidio es la gran muerte silenciada de nuestras sociedades actuales, sociedades en las que la muerte no es materia de atención, cuidado o aprendizaje, menos aún cuando la muerte se la produce alguien de forma “voluntaria”, atentando de forma incomprensible a los principios más básicos de la vida y a los más sagrados de las creencias religiosas que aún forman parte de nuestro subconsciente, cuando no de la consciencia de muchas personas que profesan cualquier fe que establezca la vida como un don divino. Este supuesto atentado convierte al suicidio en un hecho incomprensible e indeseable. Enterramos la muerte por suicidio, la ocultamos, la silenciamos, la encerramos en el ámbito de lo privado; al fin y al cabo “ellos lo han decidido”. En el mejor de los casos se respeta “su decisión”. Ni sabemos, ni queremos saber.
Esta forma de ver las cosas tiene graves consecuencias. Por un lado, secuestra la dimensión social del suicidio al considerarlo algo profundamente íntimo y personal, evitando su tratamiento social, tanto en lo que se refiere a sus posibles causas (o desencadenantes, si se prefiere) como a la interpretación sociocultural del suicidio. En relación a lo primero, las enseñanzas de Émile Durkheim deberían ponernos sobre la pista de que el suicidio no es un mero hecho individual, sino también social, pues sus investigaciones le llevaron a establecer que la cohesión social podía ser un excelente factor protector. Por otro lado, no parece descabellado pensar que ciertas condiciones sociales pueden desencadenar una muerte semejante (ruina económica, desempleo, separaciones matrimoniales traumáticas ...). En cuanto a la dimensión cultural, no debemos olvidar que el suicidio ha sido interpretado de formas muy diversas a lo largo de la historia. Así, se ha considerado desde un acto honorable (en la antigua Grecia o en el Japón de los samuráis), hasta el sacrilegio más atroz (en el mundo cristiano a partir del siglo IV con las ideas de San Agustín, pero que, curiosamente, no alcanzaron su verdadera condena hasta el siglo XIII, con el pensamiento de Santo Tomás y la prohibición de enterrar en campo sagrado a los muertos por suicidio); ello pasando por considerarse un acto romántico (la Europa del XVIII) o un acto de patriotismo o heroicidad (como en el caso de los kamikazes o, actualmente, el de los terroristas suicidas). El suicidio es, en realidad, un acto individual con sentido social.
Considerar el suicidio como un acto meramente íntimo y voluntario tiene también implicaciones sobre el desinterés social preventivo. Incluso considerando las cifras de suicidios en el mundo y en nuestro entorno más cercano, no termina de verse la necesidad de actuar para reducirlas, siempre en la medida de lo posible. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, hay más muertes por suicidio que por causa de guerras y homicidios juntos; se produce una muerte cada cuarenta segundos. En España hubo 3.569 muertes por suicido en 2016 (según estadísticas del Instituto Nacional de Estadística); durante el mismo año murieron 1.810 personas por accidentes de tráfico (cifras de la Dirección General de Tráfico) y 44 mujeres víctimas de la violencia de género (cifras de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género). Los recursos y campañas preventivas y paliativas orientadas a disminuir los accidentes de tráfico son de todos conocidas; de igual forma que los recursos, campañas e incluso estructuras administrativas orientadas a luchar contra la violencia de género. Pero ¿qué se ha dispuesto para prevenir el suicidio o mitigar el dolor de quienes sufren una muerte de un ser querido? ¿Conoce alguien alguna campaña institucional que trate de ofrecer ayuda a quienes tienen ideas y/o conductas suicidas, o a sus familiares? ¿Alguna campaña que simplemente hable del suicidio como problema de salud pública? Para ser justos, hay algunas iniciativas de organizaciones sin ánimo de lucro (teléfonos para llamar en momentos de crisis), pequeños grupos de trabajo (unidades de salud mental que ponen en marcha algunos protocolos de actuación) o asociaciones ciudadanas (especialmente de “supervivientes” que forman grupos de ayuda mutua); pero todas ellas son iniciativas aisladas, de alcance reducido y la mayoría fruto de la iniciativa privada. Sólo dos comunidades autónomas tienen un plan de prevención del suicidio recién estrenado sobre el papel (Valencia y Galicia). A nivel nacional no existe un plan general de prevención, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud viene diciendo, desde 1969, que el suicidio es prevenible, y que en 2014 publicó un informe insistiendo en la necesidad de que las autoridades sanitarias pongan en marcha un plan preventivo para reducir tan escandaloso número de muertes (Preventing Suicide. A Global Imperative).
Quizá quien lea estas líneas pueda tener la tentación de pensar que las muertes por suicidio y las demás no son comparables, dado que quien muere por suicidio lo hace voluntariamente, mientras que las otras muertes son consecuencia de violencia ejercida por terceras personas o simplemente por accidentes o enfermedades; en suma: no voluntarias y evitables en buena medida. Pero ¿realmente el suicidio es una muerte voluntaria en todos los casos? ¿Es fruto de una decisión libre y profundamente meditada? ¿Siempre?
La palabra “suicidio” procede del latín y está compuesta por los términos sui (a sí mismo)-caedere (matar). Así, el suicidio es la muerte que una persona se produce a sí misma de forma intencionada; por lo tanto, es, al menos formalmente, una muerte voluntaria. Como todo acto voluntario, el suicidio requiere de varios elementos o fases: un objetivo o fin, un proceso de deliberación que analice las razones en favor y en contra, una decisión y la ejecución del acto. Y aquí se nos plantean algunas cuestiones importantes que se responderán de forma diferente según sean los casos particulares de cada suicidio, generando una tipología de suicidios que conviene tener en cuenta. Porque, más que de suicidio, deberíamos hablar de suicidios.
¿Cuál es el objetivo fundamental del suicidio? ¿Cómo y en qué condiciones se produce ese proceso deliberativo? ¿En qué entorno y situaciones se produce la decisión? ¿Es la ejecución el resultado real de la decisión tomada?
En la gran mayoría de los casos, el objetivo fundamental del suicidio no es morir, sino dejar de sufrir. El padre de la suicidología moderna, el psicólogo Edwin Shneidman, ya consideró al suicidio como resultado de un “sufrimiento psicológico insoportable”. Por su parte, el psiquiatra fundador de la logoterapia, Viktor Frankl, comentó en sus escritos que muchos de sus pacientes que intentaron suicidarse y no lo consiguieron, con el paso del tiempo se sintieron felices de no haber tenido éxito, porque aquello que tanto les hizo sufrir terminó por resolverse, o porque cambiaron las circunstancias de la vida y/o sus propias perspectivas sobre la misma. Múltiples documentales nos ofrecen testimonios en este sentido, y muchos especialistas en la materia dan a sus obras títulos tan elocuentes como ‘Suicidio: solución definitiva al problema temporal (Jose Luis Canales, 2013), o ‘Suicide, an unnecessary death’ (Danuta Wasserman, 2016). Esto es, para dejar de sufrir no es necesario morir. O no siempre.
Es fundamental atender a la causa del sufrimiento que hace insoportable la idea de vivir, porque nos establecerá una primera gran diferencia entre tipos de suicidios: aquellos basados en una desesperanza inamovible y los que se fundamentan en desesperanzas transitorias. Ambas situaciones generan un enorme sufrimiento, pero mientras en el primer caso la causa de este sufrimiento no va a desaparecer, en el segundo sí puede hacerlo. Pensemos en alguien que padece una enfermedad terminal que cursa con gran dolor o en quien está sometido durante años a la inmovilidad más absoluta. En ninguno de esos casos la situación va a mejorar. Son las personas que la sufren quienes deberían decidir sobre esa forma de vivir, apelando al derecho a morir dignamente. El derecho a la eutanasia o al suicidio asistido no debe ser confundido ni confrontado con la necesidad de prevenir el suicidio. Pensemos ahora en otros casos: un adolescente que sufre acoso en las redes sociales o en el instituto, o una persona que ha vivido una experiencia traumática. Ambas pueden pensar en el suicidio. Pero ¿no es una solución demasiado radical para situaciones que pueden cambiar, o para sufrimientos psicológicos que pueden remitir o mitigarse con el paso del tiempo? ¿No podríamos evitar estos dos últimos suicidios? La verdad es que vivimos en un país curioso: se prohíbe y persigue a quienes ayudan a morir a personas que realmente podrían necesitarlo y se deja de lado, sin ayuda, a personas que terminan muriendo innecesariamente; se obliga a vivir a las primeras y se abandona a la muerte a las segundas. Paradójico.
El otro factor que hay que tener en cuenta ante una muerte “voluntaria” es precisamente el sujeto que ha tomado la decisión. Hablaba más arriba de proceso deliberativo, y preguntaba quién lo realiza y bajo qué circunstancias. Y aquí debemos hacer otra distinción. La que diferencia entre quienes han meditado con plena capacidad, por un lado, y quienes están tomando una decisión de tal calibre con sus capacidades intelectuales y/o emocionales seriamente dañadas y/o mermadas, o quienes están actuando impulsivamente en un momento de crisis, tomando una decisión irreversible que quizá al cabo de unas pocas horas nunca tomarían, por otro. Tenemos de nuevo otros dos tipos de suicidio: el meditado en plenas facultades (es el caso del suicidio existencial o filosófico y del suicidio como ejercicio del derecho a una muerte digna), y el que es fruto de la impulsividad, de la falta de deliberación o de un proceso deliberativo profundamente alterado o dañado. Sólo en el primer caso podremos hablar de suicidios “voluntarios”. Identificar como “voluntarias” las muertes de niños y niñas (en 2016 se suicidaron en España 12 niños/as menores de 15 años), de adolescentes-jóvenes (247 muertes de jóvenes entre 15 y 29 años), de personas con trastornos mentales o de personas que pasan por una situación dramática pero transitoria, es una imprudencia absoluta que sólo puede justificarse por el desconocimiento que la sociedad tiene de este fenómeno. Desconocimiento alimentado por el silencio y el estigma. En estos casos el suicidio es prevenible y, en la mayoría de ellos, evitable. Sólo requieren ayuda para mitigar el sufrimiento y esperanza para comprender que la situación puede ser transitoria. En los casos en los que esto no es posible (no todos los suicidios se pueden evitar), las personas allegadas deberían encontrar en la sociedad recursos para elaborar su duelo con la misma dignidad que quienes pierden a amigos y familiares por accidentes, por enfermedad o por cualquier otro motivo. Sin necesidad de esconderse.
Quiero terminar con una reflexión sobre el llamado suicidio existencial o filosófico.  Jacques Lacan hizo una pregunta rotunda respecto al suicidio: “¿Por qué no? El suicidio es el único acto que tiene éxito sin fracaso” (‘Televisión’, 1973). Ciertamente; y no se fracasa porque es el acto más radical que puede realizar un ser humano. Un acto sin vuelta atrás. Definitivo. Pero cuando no padecemos enfermedades incurables, ni sufrimientos traumáticos; cuando sólo disponemos de una vida y tenemos la certeza absoluta de que, tarde o temprano, la muerte llegará, quizá la pregunta más oportuna no es “por qué no”, sino “por qué sí”. Algo así debió de preguntarse íntimamente el gran filósofo de la desesperanza y del escepticismo, el rumano Emil Cioran, cuando, tras haber defendido el suicidio en innumerables ocasiones y haber declarado que “vivir con la idea del suicidio es estimulante”, murió con 84 años víctima de la enfermedad de Alzheimer. En todo caso, y respetando el derecho a suicidarse, cabe preguntarse cuántas de esas 3.569 personas, 907 mujeres y 2.662 hombres, murieron en 2016 como resultado de una deliberación libre y racional, y en respuesta a la pregunta ¿por qué no?; cuántas murieron ejerciendo su derecho a una muerte digna; cuántas murieron por imposibilidad real de vivir; y cuántas murieron abandonadas a su suerte en medio de una sociedad sorda y ciega.

martes, 6 de junio de 2017

Debemos comprometernos





Tanto los profesionales de la Psicología y la Psiquiatría como los Supervivientes de Suicidio, debemos comprometernos con la Prevención, un compromiso necesario tanto por lo que supone de interés por el propio trabajo como por la parte que nos toca.

Este compromiso, que en principio puede suponer un gran esfuerzo mental y físico, tiene un efecto muy positivo, casi diría, en el caso de los Supervivientes, balsámico. Es una forma de terapia para sentirnos más cerca de nuestros seres queridos, la forma más eficaz de enfrentarnos a nuestros miedos, culpas y dolor convirtiéndolos en acciones que al ayudar a otros en el mismo caso nos darán un objetivo dejándonos ver como es la parte negativa de nuestros pensamientos la que nos hunde.

Comprometerse consiste en participar, romper el muro que impide decir “suicidio”, comunicar a los demás que hemos perdido un ser querido “por suicidio”, aceptar algo que en el fondo ya sabemos, que no supimos ni pudimos hacer nada más, que lo habríamos hecho todo. Negándonos a vocalizarlo estamos alimentando nuestra culpa y aunque suene duro, complaciéndonos en nuestro dolor.

Participar y buscar acciones para la Prevención del Suicidio, es demostrar y demostrarnos que ahora que sabemos algo más vamos a ayudar a los demás.

Necesitamos de todos vosotros, que recuperéis el empuje suficiente para avanzar juntos, que nos demos cuenta, todos, de que hay mucha gente que necesita de nuestro consejo, nuestras experiencias.
Nuestro testimonio sirve para los que tienen ideación suicida, que ven el efecto real de sus intenciones y posiblemente valorar el amor que les rodea, para los familiares que sabrán que tienen que ver y decir, para la sociedad que conocerá la realidad de este tabú así como la forma de acercarse tanto a las posibles víctimas como a los Supervivientes.

Somos más que necesarios, somos imprescindibles.

Se por propia experiencia lo duro que puede ser, pero os aseguro que rápidamente os sentiréis mejor, que sentir que podemos conseguir algo produce una satisfacción inmensa, nos acerca a aquellos que se fueron cuando los hacemos presentes en los demás.

Invitar a vuestros conocidos a asociarse a Aipis, a los Supervivientes que conozcáis a asistir a nuestras reuniones, conseguir colegios, institutos, Asociaciones de Vecinos, etc. donde podamos dar cursos y charlas de Prevención, todo lo que se os ocurra para que nos hagamos visibles porque lo que mata es el silencio.

Desde el suicidio de nuestra hija tengo un grito dentro que siento que podría destruir el Universo, lo he convertido en voz y presencia, en tratar de ver a mi hija en los otros que sufren y me siento mucho mejor, más cerca de ella.

jueves, 30 de marzo de 2017

CUANDO NUESTROS ALUMNOS DECIDEN MARCHARSE…

Articulo de Rebeca Palacios, maestra y educadora de adolescentes.

Al igual que algunos de nuestros chicos deciden perseguir sus objetivos y otros retoman viejos senderos, otros pierden la armonía consigo mismos, con el mundo que les rodea y les invade la soledad. Experimentan tal falta de calidez que terminan por sentirse abandonados, desprotegidos, desamparados. Y cuando sólo se cuenta con lo perdido, cuando miran lo que no es posible, cuando sólo se quedan con lo negativo… surge la tristeza y la desmotivación. Entonces algunos deciden marcharse.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) anualmente más de 800.000 personas se quitan la vida y muchas más intentan hacerlo.
Cada suicidio es una tragedia y se puede producir a cualquier edad (en 2012 fue la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años en todo el mundo). Y, si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol), está bien documentado en los países de altos ingresos, muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis que menoscaban la capacidad para afrontar las tensiones de la vida. Especialmente, las experiencias relacionadas con conflictos, desastres, violencia, abusos, pérdidas y sensación de aislamiento están estrechamente ligadas a conductas suicidas.
La mayoría de adolescentes entrevistados tras un intento de suicidio dicen que lo hicieron porque estaban intentando escapar de una situación que se sentían incapaces de afrontar, que les parecía imposible de superar o porque deseaban acabar de una vez por todas con los insoportables pensamientos y sentimientos que tanto les atormentaban. Algunas personas que ponen fin a sus vidas o intentan suicidarse pretenden escapar de sentimientos de rechazo, dolor o pérdida. Otros están enfadados, avergonzados o se sienten culpables por algo. A algunos les preocupa decepcionar a sus amigos o familiares. Y otros se sienten no queridos, maltratados o que son una carga para los demás.
El suicidio no se elige, sucede cuando el dolor es mayor que los recursos para afrontarlo y se utiliza como forma para expresar ese profundo dolor emocional.
Nuestros alumnos pueden resultar muy hábiles para desenvolverse física y materialmente en su medio pero carecen de herramientas emocionales básicas que les permitan expresar cómo se sienten y cómo afrontar su propia vida. Es nuestra capacidad de observación permanente la que juega un papel esencial, ya que nos permitirá detectar los síntomas asociados a conductas suicidas:
  • Trastornos del sueño y/o la alimentación.
  • Pérdida de apetito y/o peso.
  • Falta de preocupación por la apariencia y/o la higiene personal.
  • Interés por la muerte, hablar o escribir sobre ella.
  • Pensamientos, planes o intentos de suicidio (incluso bromeando)
  • Conductas de alto riesgo: manejo de armas, reyertas, abuso de sustancias tóxicas.
  • Aislamiento, incapacidad o falta de interés en comunicarse.
  • Tristeza persistente (puede romper a llorar sin saber por qué)
  • Desesperación, impotencia, sensación de falta de valía.
  • Pesimismo y/o culpa.
  • Fatiga o pérdida de interés en actividades ordinarias. Falta de entusiasmo.
  • Irritabilidad (se enfada fácilmente por cosas que antes no le molestaban)
  • Ansiedad y ataques de pánico.
  • Dificultad para concentrarse, recordar o tomar decisiones.
  • Síntomas físicos persistentes o dolor que no responde a ningún tratamiento.
Como tutores necesitamos crear un espacio de confianza donde el alumno se sienta capaz de verter sus sentimientos y preocupaciones. La mayoría de las personas no se atreven a hablar sobre el suicidio debido al tabú que existe a su alrededor, por lo que fomentaremos los momentos en los que se pueda hablar directa y libremente. Dejándole llorar o enfadarse, sin desestimarle, sin minimizar sus problemas, sin juzgarle y sin hacerle sentir culpable sino intentando entender lo que siente, mostrándole nuestro cariño y apoyo, ayudándole en el reconocimiento de su estado de ánimo e incluso acompañándole en la búsqueda de un profesional si accede a recibir ayuda externa.
Cuando nuestros chicos mueren pueden aparecer en nosotros sentimientos de culpa o remordimientos; podemos sentir que hemos fracasado porque no hemos sido capaces de darnos cuenta de lo que ocurría o porque no hemos sido capaces de brindar la ayuda necesaria. Pero por desgracia no siempre puede impedirse el suicidio. Todos somos limitados y no podemos controlar ni prever totalmente la conducta de otras personas.
Debemos permitirnos entonces estar tristes, sentir el dolor, sentir anhelo y llorar. Como educadores también necesitaremos tomarnos nuestro tiempo para elaborar el duelo: reconocer la pérdida y liberar nuestras emociones. Es aconsejable hablar del tema, apoyarse en nuestro equipo de trabajo, contactar con personas que hayan pasado por la misma situación y recurrir a la ayuda psicológica si tenemos problemas para manejar las emociones o el sentimiento de tristeza se mantiene con el paso del tiempo.
Tenemos que aprender a vivir con ello, aunque persista la sensación de nunca estar lo suficientemente preparados para asumir una pérdida repentina a consecuencia de un suicidio o debida a circunstancias violentas (sumergirse en determinados estilos de vida son, sin duda, otra forma de suicidio). Trabajamos inmersos en realidades extremas, problemáticas muy duras que provocan desgaste emocional a medida que pasan los años y vamos sumando vivencias.
Es cierto que en ocasiones resulta difícil encontrar la motivación necesaria para seguir adelante y afrontar un nuevo día cargado de retos. Pero paralelamente otras tantas personalidades se van forjando a nuestro alrededor y van alcanzando sus metas. Una expresión facial cambia, un gesto de preocupación empieza a desvanecerse, una caricia logra un permiso y algunas miradas elevan la vista del suelo. Entonces sabes que sigue mereciendo la pena.