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En España el Suicidio es la primera causa de muerte no natural.
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jueves, 30 de marzo de 2017

CUANDO NUESTROS ALUMNOS DECIDEN MARCHARSE…

Articulo de Rebeca Palacios, maestra y educadora de adolescentes.

Al igual que algunos de nuestros chicos deciden perseguir sus objetivos y otros retoman viejos senderos, otros pierden la armonía consigo mismos, con el mundo que les rodea y les invade la soledad. Experimentan tal falta de calidez que terminan por sentirse abandonados, desprotegidos, desamparados. Y cuando sólo se cuenta con lo perdido, cuando miran lo que no es posible, cuando sólo se quedan con lo negativo… surge la tristeza y la desmotivación. Entonces algunos deciden marcharse.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) anualmente más de 800.000 personas se quitan la vida y muchas más intentan hacerlo.
Cada suicidio es una tragedia y se puede producir a cualquier edad (en 2012 fue la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años en todo el mundo). Y, si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol), está bien documentado en los países de altos ingresos, muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis que menoscaban la capacidad para afrontar las tensiones de la vida. Especialmente, las experiencias relacionadas con conflictos, desastres, violencia, abusos, pérdidas y sensación de aislamiento están estrechamente ligadas a conductas suicidas.
La mayoría de adolescentes entrevistados tras un intento de suicidio dicen que lo hicieron porque estaban intentando escapar de una situación que se sentían incapaces de afrontar, que les parecía imposible de superar o porque deseaban acabar de una vez por todas con los insoportables pensamientos y sentimientos que tanto les atormentaban. Algunas personas que ponen fin a sus vidas o intentan suicidarse pretenden escapar de sentimientos de rechazo, dolor o pérdida. Otros están enfadados, avergonzados o se sienten culpables por algo. A algunos les preocupa decepcionar a sus amigos o familiares. Y otros se sienten no queridos, maltratados o que son una carga para los demás.
El suicidio no se elige, sucede cuando el dolor es mayor que los recursos para afrontarlo y se utiliza como forma para expresar ese profundo dolor emocional.
Nuestros alumnos pueden resultar muy hábiles para desenvolverse física y materialmente en su medio pero carecen de herramientas emocionales básicas que les permitan expresar cómo se sienten y cómo afrontar su propia vida. Es nuestra capacidad de observación permanente la que juega un papel esencial, ya que nos permitirá detectar los síntomas asociados a conductas suicidas:
  • Trastornos del sueño y/o la alimentación.
  • Pérdida de apetito y/o peso.
  • Falta de preocupación por la apariencia y/o la higiene personal.
  • Interés por la muerte, hablar o escribir sobre ella.
  • Pensamientos, planes o intentos de suicidio (incluso bromeando)
  • Conductas de alto riesgo: manejo de armas, reyertas, abuso de sustancias tóxicas.
  • Aislamiento, incapacidad o falta de interés en comunicarse.
  • Tristeza persistente (puede romper a llorar sin saber por qué)
  • Desesperación, impotencia, sensación de falta de valía.
  • Pesimismo y/o culpa.
  • Fatiga o pérdida de interés en actividades ordinarias. Falta de entusiasmo.
  • Irritabilidad (se enfada fácilmente por cosas que antes no le molestaban)
  • Ansiedad y ataques de pánico.
  • Dificultad para concentrarse, recordar o tomar decisiones.
  • Síntomas físicos persistentes o dolor que no responde a ningún tratamiento.
Como tutores necesitamos crear un espacio de confianza donde el alumno se sienta capaz de verter sus sentimientos y preocupaciones. La mayoría de las personas no se atreven a hablar sobre el suicidio debido al tabú que existe a su alrededor, por lo que fomentaremos los momentos en los que se pueda hablar directa y libremente. Dejándole llorar o enfadarse, sin desestimarle, sin minimizar sus problemas, sin juzgarle y sin hacerle sentir culpable sino intentando entender lo que siente, mostrándole nuestro cariño y apoyo, ayudándole en el reconocimiento de su estado de ánimo e incluso acompañándole en la búsqueda de un profesional si accede a recibir ayuda externa.
Cuando nuestros chicos mueren pueden aparecer en nosotros sentimientos de culpa o remordimientos; podemos sentir que hemos fracasado porque no hemos sido capaces de darnos cuenta de lo que ocurría o porque no hemos sido capaces de brindar la ayuda necesaria. Pero por desgracia no siempre puede impedirse el suicidio. Todos somos limitados y no podemos controlar ni prever totalmente la conducta de otras personas.
Debemos permitirnos entonces estar tristes, sentir el dolor, sentir anhelo y llorar. Como educadores también necesitaremos tomarnos nuestro tiempo para elaborar el duelo: reconocer la pérdida y liberar nuestras emociones. Es aconsejable hablar del tema, apoyarse en nuestro equipo de trabajo, contactar con personas que hayan pasado por la misma situación y recurrir a la ayuda psicológica si tenemos problemas para manejar las emociones o el sentimiento de tristeza se mantiene con el paso del tiempo.
Tenemos que aprender a vivir con ello, aunque persista la sensación de nunca estar lo suficientemente preparados para asumir una pérdida repentina a consecuencia de un suicidio o debida a circunstancias violentas (sumergirse en determinados estilos de vida son, sin duda, otra forma de suicidio). Trabajamos inmersos en realidades extremas, problemáticas muy duras que provocan desgaste emocional a medida que pasan los años y vamos sumando vivencias.
Es cierto que en ocasiones resulta difícil encontrar la motivación necesaria para seguir adelante y afrontar un nuevo día cargado de retos. Pero paralelamente otras tantas personalidades se van forjando a nuestro alrededor y van alcanzando sus metas. Una expresión facial cambia, un gesto de preocupación empieza a desvanecerse, una caricia logra un permiso y algunas miradas elevan la vista del suelo. Entonces sabes que sigue mereciendo la pena.

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